La creatividad es la inteligencia divirtiéndose
Una organización le pide a la inteligencia artificial un texto para anunciar una jornada. Otra necesita presentar un proyecto. Una tercera quiere compartir los resultados de una actividad.
Las tres reciben algo parecido:
«Un espacio de encuentro para compartir experiencias, generar sinergias y construir juntas un futuro más inclusivo y sostenible».
Cambian un par de palabras, añaden unos emojis y publican.
Y así, casi sin darnos cuenta, tenemos tres organizaciones diferentes contando tres cosas distintas prácticamente de la misma manera.
La inteligencia artificial ha facilitado enormemente la creación de contenidos. Podemos redactar publicaciones, preparar campañas, generar imágenes o adaptar un mensaje a cinco redes sociales en cuestión de minutos.
Aunque no todo es tan bueno como parece. Esta facilidad también nos coloca ante una paradoja: nunca habíamos tenido tantas herramientas para comunicarnos y, sin embargo, cada vez resulta más difícil diferenciarnos.
La epidemia de los carteles hechos por IA
No hace falta irse muy lejos para encontrar ejemplos. Basta con echar un vistazo a los carteles de jornadas, encuentros, cursos o campañas que circulan por las redes sociales.
Cada vez vemos más imágenes generadas con IA: personas sonrientes alrededor de una mesa, manos entrelazadas, bombillas que representan ideas, árboles que simbolizan crecimiento o figuras conectadas mediante líneas luminosas.
La herramienta genera una imagen visualmente llamativa en segundos y eso tiene un atractivo evidente, especialmente para organizaciones que no cuentan con grandes presupuestos de diseño.
No obstante, hay una diferencia importante entre generar una imagen bonita y resolver un problema de comunicación visual.
Un cartel no tiene como única función resultar atractivo. Tiene que transmitir una idea, establecer una jerarquía de información, facilitar la lectura, conectar con un público determinado y ser coherente con la identidad de quien lo publica.
Pensemos en un cartel para una jornada sobre participación comunitaria. Podemos pedirle a una IA que represente a un grupo diverso de personas colaborando y obtener una ilustración espectacular, pero ¿esa imagen cuenta algo específico sobre nuestra jornada? ¿Se diferencia de la que podría utilizarse para anunciar un curso, un encuentro empresarial o una campaña de voluntariado?
Hay cuestiones todavía más básicas: ¿el título se lee bien en un móvil? ¿La fecha destaca lo suficiente? ¿La composición deja espacio para los logotipos? ¿La imagen representa adecuadamente a las personas de las que estamos hablando?
La IA puede generar una propuesta visual. Lo que no hace automáticamente es convertirla en una buena pieza de comunicación.
El peligro de quedarse con la primera propuesta
Uno de los cambios más interesantes que está introduciendo la IA no tiene tanto que ver con lo que produce, sino con cómo modifica nuestra manera de trabajar.
Antes, elaborar un cartel implicaba tomar una serie de decisiones: qué concepto queríamos representar, qué referencias visuales utilizar, cómo distribuir los elementos o qué estilo encajaba con nuestra organización.
Ahora podemos escribir una instrucción y recibir una propuesta aparentemente terminada.
Y aquí aparece una trampa: cuando algo ya tiene aspecto de producto final, cuesta más cuestionarlo.
Una imagen bien iluminada, con colores equilibrados y una composición vistosa puede producir una sensación inmediata de calidad. Pero ese acabado visual no garantiza que exista una buena idea detrás.
Lo mismo sucede con los textos. La IA puede entregarnos una publicación perfectamente estructurada, sin faltas de ortografía y con un tono profesional. Sin embargo, quizá no diga nada concreto, no tenga un enfoque interesante o utilice expresiones que jamás emplearíamos al hablar con nuestra comunidad.
El problema no es que la primera propuesta sea mala, es que no nos preguntamos si realmente es adecuada a nuestra identidad.
En comunicación, esa pregunta es fundamental. No se trata únicamente de corregir errores, sino de valorar alternativas, descartar caminos y defender decisiones.
¿Y sabes qué? Para eso necesitamos algo que ninguna herramienta debería sustituir: criterio.
Ser creativa también es tener capacidad para descartar
Hay una parte del trabajo creativo que suele pasar desapercibida: todo lo que decidimos no utilizar.
Un equipo de comunicación puede explorar cinco titulares antes de elegir uno. Un diseño puede pasar por varias composiciones hasta encontrar la más clara. Una campaña puede comenzar con una idea muy atractiva que finalmente se descarta porque no representa bien a las personas a las que se dirige.
Ese proceso no es tiempo perdido. Es precisamente donde está "la calidad" de lo que estamos haciendo.
La IA está cambiando la velocidad a la que podemos generar alternativas. Lo que antes llevaba horas ahora puede resolverse en minutos, pero generar más opciones no equivale a saber elegir mejor.
De hecho, puede suceder lo contrario: que la facilidad para producir propuestas nos lleve a dedicar menos tiempo a analizarlas.
Imaginemos que necesitamos diseñar una campaña para fomentar la participación de personas jóvenes en una organización. La IA nos propone una imagen colorida con jóvenes levantando las manos y un eslogan motivador.
Podemos publicarla.
O podemos preguntarnos si esa estética conecta realmente con las personas jóvenes a las que queremos llegar, si estamos reproduciendo una representación estereotipada de la participación o si el mensaje responde a las barreras que encuentran para implicarse.
La segunda opción requiere más trabajo y, sin embargo, tiene muchas más posibilidades generar impacto entre nuestro público objetivo.
De aprender a producir a aprender a evaluar
Durante los últimos años, buena parte de la formación en herramientas digitales se ha centrado en aprender a utilizarlas: cómo crear una publicación, editar un vídeo, diseñar un cartel o redactar un texto.
Con la IA generativa, muchas de esas tareas son cada vez más accesibles.
Esto abre oportunidades enormes para las organizaciones pequeñas, pero también cambia las competencias que necesitamos fortalecer.
Ya no basta con saber pedirle algo a una herramienta. Necesitamos aprender a evaluar lo que nos entrega.
Eso implica reconocer cuándo una imagen reproduce estereotipos, cuándo un texto resulta demasiado genérico, cuándo una propuesta no responde al objetivo o cuándo un diseño visualmente atractivo presenta problemas de legibilidad o accesibilidad.
No hace falta ser especialista en diseño gráfico para detectar que un cartel no permite leer la información principal, pero sí necesitamos mantener una actitud crítica y no dar por buena una propuesta únicamente porque ha sido generada en segundos.
Y, por supuesto, sigue siendo importante contar con profesionales de la comunicación y el diseño. La IA puede facilitar muchas tareas, pero no elimina la necesidad de estrategia, conocimiento del público, sensibilidad visual o capacidad para construir mensajes.
Quizá una de las competencias más importantes de la comunicación en los próximos años no sea aprender a generar contenidos, sino aprender a juzgarlos.
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