La creatividad requiere el valor de desprenderse de las certezas
Hay una escena que probablemente hayas visto más de una vez en los entornos laborales.
Tu compañera abre Pinterest "solo cinco minutos". Otro se queda mirando por la ventana mientras remueve el café por tercera vez. Alguien empieza una frase con un tímido "¿y si...? que, en teoría, no tiene nada que ver con la reunión o, por el contrario, siempre aparece alguien (a veces en voz alta, a veces solo en nuestra cabeza) pensando "con la de trabajo que hay..."
Vivimos en una época en la que aburrirse parece casi un pecado capital (y profesional).
Si tienes un hueco en la agenda, lo llenas. Si una reunión termina antes de tiempo, aprovechas para responder tres correos. Si el ascensor tarda demasiado, sacas el móvil. Si esperas cinco minutos a que empiece una videollamada, revisas WhatsApp. Parece que cualquier instante sin estímulo inmediato hubiera dejado de tener valor.
Nos hemos acostumbrado tanto a estar ocupadas que confundimos actividad con trabajo y productividad con impacto.
El aburrimiento tiene muy mala prensa
Cuando hablamos de aburrimiento solemos pensar en apatía, desmotivación o pérdida de tiempo. Nadie quiere un equipo aburrido ni una organización donde no pase nada, pero quizá el error está en que estamos utilizando la misma palabra para hablar de cosas muy distintas.
Existe otro aburrimiento. Ese que aparece cuando dejamos de reaccionar constantemente. Cuando el cerebro deja de saltar de una tarea a otra y, por fin, tiene espacio para hacer algo que también forma parte del trabajo: pensar.
No es casualidad que tantas ideas aparezcan en la ducha, caminando, conduciendo o mientras ordenamos un cajón que llevaba meses esperando.
No sucede porque esas actividades sean especialmente inspiradoras. Sucede porque, durante un rato, dejamos de atender estímulos continuamente.
El cerebro aprovecha ese aparente "vacío" para conectar piezas que antes estaban demasiado dispersas y, eso, también es trabajar aunque no lo parezca.
Quizá nuestras organizaciones tengan el mismo problema
En muchas entidades hablamos de innovación, creatividad o transformación. Organizamos jornadas para pensar el futuro, hacemos dinámicas de generación de ideas y buscamos metodologías que nos ayuden a salir de lo de siempre, pero luego construimos días en los que pensar resulta prácticamente imposible.
Reuniones que empiezan cuando termina la anterior.
Correos que llegan a cualquier hora.
Notificaciones constantes.
Urgencias que se pisan unas a otras.
Equipos que sienten que, si dejan de hacer durante diez minutos, están llegando tarde a algo.
Con ese nivel de estimulación permanente, ¿en qué momento esperamos que aparezcan las ideas nuevas? La creatividad no suele entrar por la puerta justo después de la reunión número seis del día, por si quieres darle una vuelta a tu calendario.
El verano nos pone a mirarnos frente al espejo
Quizá por eso el verano tiene algo interesante. No porque todas las organizaciones descansen -muchas viven precisamente ahora algunos de sus momentos más intensos-, sino porque el ritmo cambia aunque solo sea un poco.
Hay una llamada menos; un correo que puede esperar, una reunión que finalmente no se celebra y, de repente, aparecen esos cinco minutos que durante el resto del año parecían imposibles.
¿Qué hacemos con ellos?
Muchas veces sentimos la necesidad casi automática de llenarlos: abrimos LinkedIn, miramos el correo “por si acaso”, entramos en Instagram o, sí, acabamos viendo Pinterest durante cinco minutos buscando inspiración para un cartel que ni siquiera tenemos que diseñar todavía.
Y, curiosamente, es posible que si aprovechamos ese tiempo para hablar con nuestros compañeros o tomarnos un café simplemente porque nos apetece, podamos volver al trabajo con otra actitud o incluso, con algo que nos haya dado un nuevo enfoque para la idea que estamos desarrollando.
Simplemente, porque durante esos cinco minutos, hemos dejado de perseguir la siguiente tarea y de vivir en automático.
El problema no es aburrirse. Es no permitirnos hacerlo.
Hay una diferencia enorme entre una organización desmotivada y una organización que deja pequeños espacios para que las personas respiren, observen y conecten ideas.
No estamos hablando de regalar horas muertas ni de convertir la jornada laboral en una pausa permanente.
Estamos hablando de reconocer que el pensamiento también necesita tiempo; que no todas las conversaciones valiosas nacen de una convocatoria en el calendario, que algunas decisiones mejoran después de dormir una noche o que muchas soluciones aparecen cuando dejamos de forzarlas.
Por eso, es importante recordar que las personas no somos una cadena de montaje capaz de producir buenas ideas de forma ininterrumpida durante ocho horas.
Entonces, ¿cómo se cultiva el aburrimiento?
Lo interesante es crear pequeñas condiciones para que el pensamiento tenga espacio. Algunas organizaciones ya lo hacen, aunque no siempre le pongan ese nombre.
Por ejemplo, proteger las ideas antes que las soluciones. Cuando alguien propone algo diferente, nuestra reacción suele ser buscar inmediatamente por qué no va a funcionar: “Eso ya lo probamos”, “No tenemos tiempo”, ”¿Quién lo va a hacer?”. ¿Y si, durante diez minutos, prohibiéramos responder con un “sí, pero…”? No para aceptar cualquier ocurrencia, sino para permitir que una idea respire antes de juzgarla.
Otra práctica sencilla consiste en terminar algunas reuniones con una pregunta, no con una decisión. Estamos acostumbradas a cerrar cada encuentro con tareas, responsables y fechas. Pero hay cuestiones que ganan valor cuando se las dejamos “dando vueltas” unos días. Preguntas como ”¿Qué no estamos viendo?” o ”¿Qué haríamos si empezáramos de cero?” suelen seguir trabajando en la cabeza del equipo mucho después de que termine la reunión.
También ayuda recuperar las conversaciones sin objetivo inmediato. No todas las charlas tienen que acabar en un acta o en una lista de acuerdos. Muchas veces las mejores conexiones aparecen cuando dos personas empiezan hablando de algo aparentemente irrelevante y terminan encontrando en esa conversación una idea que ninguna de las dos habría alcanzado por separado.
Y hay una práctica muy sencilla que puede cambiar muchas cosas: normalizar que alguien pueda decir “necesito pensarlo”. Vivimos con la presión de responder rápido, de tener una opinión inmediata y de decidir sobre la marcha. Sin embargo, las decisiones importantes rara vez empeoran por esperar unas horas. A menudo sucede justo lo contrario.
Al final, cultivar el aburrimiento del bueno no consiste en hacer menos. Consiste en dejar de exigir que todo pensamiento útil tenga que producirse a la velocidad de una notificación.
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