#78 Lo que el fin de curso nos enseña sobre trabajar juntas


“En tiempos de cambio, quienes aprenden heredarán la tierra, mientras que quienes ya lo saben todo estarán magníficamente preparados para un mundo que ya no existe.”

Eric Hoffer


Hay algo interesante en esta época del año.

Aunque nuestras organizaciones no funcionen por trimestres, el final de junio tiene algo de cierre de ciclo. Se acumulan entregas, reuniones, evaluaciones, memorias, justificaciones, cierres presupuestarios, celebraciones pendientes y una sensación compartida de “llegar como se pueda”. Y precisamente por eso, este momento dice mucho.

Dice mucho no solo sobre lo que hemos hecho, sino sobre cómo hemos trabajado juntas para llegar hasta aquí.

Porque cuando un ciclo termina, aparecen con más claridad algunas cosas que durante el año se mezclan con la urgencia: qué dinámicas nos han ayudado, dónde se nos ha ido demasiada energía, qué conversaciones hemos ido dejando para después y qué formas de organizarnos nos acercan o nos alejan de lo que queremos ser.

Las tareas no siempre lo son todo

En nuestras organizaciones, cuando llega esta época, la mirada suele dirigirse enseguida a las listas: qué proyectos se han cerrado, qué objetivos se han cumplido, qué actividades han salido adelante, qué indicadores se pueden presentar.

Todo eso importa, claro, pero si solo miramos los resultados, corremos el riesgo de perder una parte fundamental de la lectura: la forma en que hemos llegado hasta ellos.

No es lo mismo terminar el curso con sensación de claridad que con la impresión de haber ido siempre apagando fuegos. No es igual llegar con un equipo más conectado que con vínculos desgastados. No dice lo mismo una agenda llena de logros que un proceso atravesado por la improvisación, el cansancio o la falta de espacios para pensar.

Por eso, el final de curso puede ser una buena oportunidad para ampliar la pregunta. No solo qué hemos hecho, sino qué nos enseña este tiempo sobre nuestra manera de trabajar, decidir, coordinarnos, comunicarnos y relacionarnos.

Lo que nos enseña el fin de curso 

Hay algo muy revelador en los finales de ciclo: funcionan como un espejo.

Nos permiten ver si la organización ha podido ordenar prioridades o si todo ha competido al mismo nivel. Si los roles estaban claros o si muchas cosas han dependido siempre de las mismas personas. Si ha habido conversaciones útiles o si las decisiones se han ido tomando a trompicones. Si el cuidado del equipo ha tenido lugar real o si ha quedado relegado a un discurso bienintencionado.

No se trata de mirarlo desde un punto de vista "malo" de la crítica, sino de hacer una lectura más inteligente y constructiva de lo vivido.

Porque junio no solo trae cansancio. También trae información.

Información sobre nuestros ritmos. Sobre nuestras costumbres. Sobre lo que damos por hecho. Sobre los lugares en los que funcionamos bien y sobre aquellos en los que convendría introducir cambios antes de que el desgaste se convierta en norma.

Para ello, podemos pensar en algunas preguntas que nos ayuden a generar una conversación interesante con nuestro equipo:

  • ¿Qué nos ha ayudado de verdad a trabajar mejor este curso?

No tanto en abstracto, sino en lo concreto: qué espacios, qué formas de coordinarnos, qué decisiones, qué herramientas o qué maneras de relacionarnos han facilitado el trabajo.

  • ¿Qué nos ha costado demasiado?

Hay cosas que salen adelante, sí, pero a un precio demasiado alto. Y eso también merece ser visto. No todo lo que conseguimos tiene por qué repetirse igual si el coste interno ha sido excesivo.

  • ¿Dónde hemos puesto más energía y qué nos ha devuelto eso?

Esta pregunta ayuda a distinguir entre lo que ocupa mucho tiempo y lo que realmente genera valor, aprendizaje, conexión o dirección.

  • ¿Qué conversación seguimos aplazando?

En casi todos los equipos hay algún tema que se va dejando: una tensión, una decisión, una incomodidad, una redefinición de roles, una forma de trabajar que ya no termina de funcionar. Nombrarlo no resuelve todo, pero ya cambia algo.

  • ¿Qué conviene no repetir igual a la vuelta?

No para castigarnos por lo que no salió perfecto, sino para no entrar en septiembre con un sofá al que ya no le caben más cosas para seguir barriendo bajo él. 

Un dueto inseparable: el fin de curso y el agotamiento

Muchas de nosotras llegamos a estas fechas con la sensación de estar agotadas y, aunque no conviene romantizarlo, tampoco hace falta ignorar lo que ese cansancio viene a mostrar.

A veces revela que hemos querido abarcar demasiado. O que el ritmo ha sido poco realista. O que ciertas tareas se han acumulado sin suficiente previsión. O que algunos procesos han dependido más del esfuerzo personal que de una buena organización.

No obstante, a veces también muestra algo positivo: que el equipo ha crecido, que ha aprendido a coordinarse mejor, que ha encontrado nuevas maneras de responder o que ha sido capaz de adaptarse a contextos complejos sin perder el sentido de lo que hace.

Una herramienta sencilla que podemos utilizar puede ser algo parecido a un “mapa de energía del curso”: identificar qué tareas, espacios o dinámicas nos han dado impulso y cuáles nos han drenado más de la cuenta. No se trata solo de medir cansancio, sino de detectar dónde hay sobrecarga estructural, qué depende demasiado de unas pocas personas y qué convendría reorganizar antes de que el desgaste se normalice.

Por eso, escuchar el cansancio no significa quedarse en la queja. Significa leer mejor el sistema de trabajo que hemos puesto en marcha: distinguir entre éxito y sobreesfuerzo, rendir cuentas, pero también reconocer al equipo, así como tener claro cuáles son los "tres grandes temazos" que tenemos para la vuelta al cole. 

En definitiva, no se trata de llegar al final de curso. Más bien, importa el cómo llegamos, qué hacemos con todo lo que nos ha enseñado esta parte del año y, sobre todo, ¿cómo vamos a celebrarlo? 🎉

Consorcio Andaluz de Impulso Social, Pilar Lopez 24 de junio de 2026
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