#71 No todos los espacios son de trabajo

“Creo que toda forma de organización es ciencia ficción: estamos dando forma al futuro que anhelamos y que todavía no hemos vivido.

Adrienne maree brown


A veces hablamos de los espacios como si solo fueran un escenario: una sala, una oficina, una mesa, una pantalla, una agenda. Como si su valor dependiera únicamente de lo que allí se produce, se decide o se ejecuta. Pero no todos los espacios son de trabajo, al menos no en ese sentido estrecho que reduce todo a tarea, rendimiento y resultado.

Hay espacios que no están hechos para correr, sino para detenerse. Espacios en los que no solo se organiza lo pendiente, sino que se ordena lo que sentimos, lo que pensamos y lo que todavía no sabemos nombrar. Lugares en los que no se “saca trabajo”, pero sí se siembran conversaciones, se cultivan vínculos y empiezan a florecer nuevas miradas.

Y eso también sostiene a nuestras organizaciones. 

Son esos espacios que funcionan como tierra fértil. No son espectaculares. A veces ni siquiera parecen especialmente relevantes desde fuera. Pero por dentro están haciendo algo muy profundo: están generando condiciones. Condiciones para la confianza, para la escucha, para la duda, para el pensamiento, para la posibilidad de evolucionar. 

Por eso conviene recordar que no todo espacio tiene que estar colonizado por la lógica de la utilidad inmediata.

Hay reuniones que deberían ser más breves, sí. Hay procesos que necesitan estructura, claridad y foco, también. Pero hay otros momentos que piden otra cosa: bajar el ritmo, ampliar la mirada, dejar margen para que aparezca lo que no entra en un Excel ni en un orden del día.

Un café después de una sesión. Una pausa bien sostenida. Un círculo donde las personas no solo opinan, sino que pueden decir cómo están. Un encuentro en el que la escucha no es un trámite previo a responder, sino una práctica real. Un espacio de facilitación en el que no se viene solo a resolver, sino también a comprender. Todo eso forma parte del trabajo organizativo, aunque no siempre se reconozca como tal.

No es casual que en los procesos colectivos más vivos haya una atención especial al cómo. Cómo nos sentamos. Cómo nos damos la palabra. Cómo abrimos y cerramos. Cómo hacemos sitio a las voces que suelen quedarse en el borde. Cómo diseñamos entornos donde no todo esté decidido de antemano. 

Y quizá una de las preguntas más importantes para cualquier equipo, colectivo u organización sea esta: ¿qué tipo de espacio estamos creando cuando nos encontramos?

Espacios hay tantos y tan diversos, como las personas que componen las organizaciones. Sin embargo, sí hay algunas claves que puedes tener en cuenta:

Reserva espacios sin urgencia productiva

No todo encuentro tiene que salir con una batería de acuerdos. A veces conviene convocar espacios cuyo objetivo no sea cerrar, sino comprender, compartir o abrir preguntas. Si todo tiene que traducirse en rendimiento inmediato, muchas conversaciones importantes no llegan a producirse.

Piensa más en el diseño y menos en la convocatoria

Un espacio no se cuida solo porque exista en la agenda. Importa pensar para qué se abre, qué clima necesita, cuánto tiempo requiere, quiénes tienen que estar y qué forma puede ayudar a que la conversación sea más honesta y participativa.

Da valor a la palabra, pero también al ritmo

Hay equipos que enlazan una conversación con otra sin tiempo para asimilar nada. Introducir pausas, silencios, momentos de aterrizaje o cierres breves ayuda a que lo compartido no se quede en la superficie.

Haz visible, lo invisble

Muchas veces lo que bloquea una conversación no es el contenido, sino el clima: tensiones no nombradas, cansancio acumulado, desigualdad en la participación o la sensación de que ciertas voces pesan más que otras. Poner atención a eso no desvía del trabajo: lo hace más real.

Revisa cómo os encontráis

Igual que revisamos tareas, indicadores o planificación, también conviene revisar nuestros espacios: cuáles nos nutren, cuáles se han vaciado de sentido, cuáles están siendo excesivamente operativos y cuáles necesitan otro formato. La calidad de una organización también se juega ahí.

Tal vez no se trate solo de tener más espacios, sino de crear mejores condiciones para que algo valioso pueda suceder en ellos.

Las organizaciones que atienden esto no están perdiendo el tiempo: están construyendo la base sobre la que después podrán sostener mejor sus decisiones, sus procesos y sus vínculos.

Cuidar los espacios es, en el fondo, cuidar nuestra identidad. 

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Consorcio Andaluz de Impulso Social, Pilar Lopez 6 de mayo de 2026
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