#67 Cómo conseguimos darle voz a la historia de Adri

No cuentes a la gente cómo hacer las cosas. Diles qué hacer y te sorprenderán con su ingenio

George S. Patton


Hay campañas que nacen de una idea y hay campañas que nacen de la escucha. 

'A contratiempo’ fue de las segundas. 

No empezó con un eslogan predefinido ni con una reunión clásica para pensar una campaña. Empezó antes, en un lugar menos visible y mucho más importante: en la necesidad de encontrar una forma honesta de contar una realidad compleja sin simplificarla, sin victimizarla y sin hablar sobre las personas sin dejar que, de algún modo, hablaran desde dentro. 

Crecer con Futuro, una ONG andaluza que trabaja por la infancia y la juventud en situación de vulnerabilidad, había una urgencia: hacía falta llegar más lejos, abrir conversación y movilizar a nuevas personas para que conocieran el programa de Familias Colaboradoras -una iniciativa que consiste en compartir fines de semana y vacaciones con chicos y chicas que viven en centros de protección de menores-. 

Pero había también otra certeza: esto no podía resolverse con una campaña cualquiera. No valía una comunicación rápida, plana o construida desde fuera. Había que encontrar una historia capaz de plasmar la realidad. 

Y ahí apareció Adri. 


No como un personaje inventado ni como un recurso narrativo, sino como una forma de condensar muchas experiencias, muchos silencios y muchas esperas. Adri no era una sola persona. En su historia cabían las tardes que se alargan demasiado en un centro de protección, los fines de semana que se convierten en un “lunes más” cuando ves que otras personas sí tienen otros planes, la adolescencia vivida con ese extraño cruce entre fortaleza y miedo por el futuro que vendrá. 

Una de las cosas más valiosas de A contratiempo fue que la campaña no se construyó como una pieza cerrada que alguien diseña y luego el resto valida, sino como un proceso de trabajo colaborativo en el que el equipo de Crecer con Futuro tuvo un papel central. No solo porque conocía el programa, sino porque conocía los matices. Sabía qué palabras acercaban y cuáles alejaban. Qué imágenes podían generar conexión y cuáles podían caer en el cliché. Qué había que decir y, sobre todo, qué líneas no estaban dispuestas a traspasar. 

En ese proceso se fue afinando todo. La voz. El tono. La emoción. El límite.

Porque contar la historia de Adri no consistía en exagerar el dolor para conseguir atención. Tampoco en edulcorar la realidad para hacerla más digerible. Había que encontrar un punto más difícil y más verdadero: contar una historia que interpelara, que removiera, que dejara una pregunta, pero que al mismo tiempo respetara la dignidad los menores tutelados. 

Eso también es una decisión política en comunicación.

La historia de Adri ayudó a poner rostro sin exponer. A generar cercanía sin invadir. A decir: esto existe, está pasando y necesita responsabilidad social.

Después vinieron las piezas, los vídeos, los mensajes, la difusión, la conversación en medios, la circulación en redes. Llegaron también los resultados, con casi un millón de personas alcanzadas, más de 30 apariciones en medios de comunicación y más de 140 potenciales familias interesadas (la mayor cifra hasta la fecha). Pero si nos quedáramos solo ahí, nos faltarían cosas importantes.

La campaña no solo funcionó por la creatividad. Funcionó por el equipo y por un enfoque  de diseño participativo que pone el foco en la capacidad de escucharse, contrastar, probar, matizar y sostener una mirada común. En entender que una campaña no es solo lo que sale fuera, sino también cómo se construye dentro.

A veces pensamos que las campañas cambian cosas porque tienen un buen lema, una buena estética o un buen plan de medios. Y sí, todo eso importa. Pero hay algo anterior: una campaña cambia algo cuando consigue que una historia sea escuchada de otra manera.

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Consorcio Andaluz de Impulso Social, Pilar Lopez 19 de marzo de 2026
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#66 Una conversación entre generaciones