#66 Una conversación entre generaciones


No deseo que las mujeres tengan poder sobre los hombres, sino sobre sí mismas.

Mary Wollstonecraft​


La nieta dejó el móvil boca arriba sobre la mesa camilla, como quien aparta algo que quema.


—Abuela, de verdad, qué barbaridad.

—¿Qué pasa ahora?

—Lo de siempre, pero peor. Vídeos diciendo que ya no hace falta el feminismo, chavales riéndose de una chica por hablar de machismo, comentarios como si pedir respeto fuera exagerar. Y luego te dicen que no hay problema, que nos lo inventamos.


La abuela la miró un segundo. No con sorpresa. Con esa mezcla de pena y cansancio que tienen las personas que ya han visto varias veces la misma escena, solo que con distinta música de fondo.


—Antes no había redes —dijo—, pero barbaridades también había.


La nieta suspiró.


—Ya, pero es que ahora están en todas partes. En cuanto abres una app, te sale alguien diciendo que el feminismo se ha pasado, que ya somos iguales, que qué más queremos. Y lo peor es que mucha gente joven se lo cree.

—Mucha gente joven también piensa por sí misma —respondió la abuela—. No se lo regales todo al ruido.


La nieta se quedó callada. Le daba rabia porque, en parte, sabía que tenía razón. Pero también le daba rabia tener que seguir explicando cosas tan básicas. Que volver sola a casa con miedo no era una exageración. Que interrumpir a una compañera en una reunión no era “una tontería”. Que llamar “loca” a una chica por enfadarse no era casualidad. Que los discursos machistas, aunque vengan envueltos en memes, siguen siendo discursos machistas.


—¿Tú sabías que eras feminista? —preguntó de repente.


La abuela sonrió, como si la pregunta le hubiera abierto un cajón antiguo.


—No con esa palabra. O no al principio. En mi época muchas hacíamos cosas que hoy llamaríamos feministas sin nombrarlas así. Lo que sabíamos era que había cosas que no eran justas. Que a unas se nos exigía callar, agradar, aguantar más. Que había trabajos “de hombres” y trabajos “de mujeres”. Que una mujer tenía que pensárselo dos veces antes de decir que no. Y tres antes de decir que sí a sí misma.


La nieta apoyó la barbilla en la mano.


—¿Y qué hiciste tú?

—Lo que pude. Lo que supimos. A veces fue tan simple como pensar diferente cuando no nos daban la palabra. Defender a una amiga. No reír una gracia que no tenía ninguna. Ir haciendo hueco.

—Eso ya es mucho.

—No sé si fue mucho o poco. Lo único que sabía en ese momento era algo en lo que sí podía mandar yo era en mis pensamientos y, eso, no podían arrebatármelo.


La joven volvió a coger el móvil, pero esta vez no para mirar la pantalla. Solo para girarlo entre los dedos.


—Es que siento que vamos para atrás.

—A veces avanzamos y otras veces toca defender lo avanzado. También eso forma parte del camino.


En las últimas semanas han circulado datos que nos invitan a reflexionar qué está ocurriendo a nuestro alrededor: solo el 38,4% de la gente joven en España se declara feminista, casi 12 puntos menos que en 2021, cuando el porcentaje llegó al 49,9%. No es un dato para señalar a la juventud, sino para preguntarnos qué conversaciones estamos teniendo, qué mensajes están ganando terreno y qué responsabilidad tenemos quienes comunicamos, educamos, acompañamos o simplemente convivimos.


—A veces siento que si no respondo a todo, pierdo.

—No tienes que responder a todo —dijo la abuela—. Pero sí elegir bien dónde pones la voz.


Y ahí, quizá, estaba una de las claves. No se trata solo de contestar al comentario hiriente de turno. También se trata de sostener otras conversaciones. En casa. En el trabajo. En el grupo de amigas. En una tutoría. En una reunión. En un aula. En la forma en que hablamos. En la forma en que escuchamos. En si dejamos pasar ciertos chistes. En si damos crédito a una chica cuando cuenta algo que la incomoda. En si repartimos los cuidados como si fueran una tarea común y no una herencia femenina.


—Entonces, ¿tú crees que merece la pena seguir?

La abuela la miró como si la respuesta fuera tan obvia como poner agua a hervir.


—Claro que sí. Porque cada generación tiene su pelea. La nuestra fue abrir puertas que parecían cerradas a cal y canto. La vuestra, quizá, es evitar que os convenzan de que esas puertas siempre estuvieron abiertas.


La nieta sonrió, por fin, un poco.


—Qué lista eres.

—Qué va. Lo que pasa es que ya he vivido bastante como para saber que cuando alguien te dice que no hace falta seguir luchando por la igualdad, normalmente es porque no le toca pagar el precio de la desigualdad.


Porque a veces la lucha empieza así: con una conversación en una mesa camilla, un móvil que se apaga por un momento y dos mujeres, de dos tiempos distintos, recordándose que ninguna conquista está tan asegurada como para dejar de cuidarla.

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Consorcio Andaluz de Impulso Social, Pilar Lopez 10 de marzo de 2026
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