#57 Propósitos de Año Nuevo: los personales, los del equipo y los que nunca pasan de enero

“La forma en que empezamos algo determina en gran medida cómo lo terminamos.”

William Bridges, Managing Transitions


Cada comienzo de año trae consigo una escena conocida por todas: listas nuevas, muchos deseos, agendas limpias y la sensación de que “esta vez sí”. Propósitos personales, objetivos de equipo, planes estratégicos que parecen tenerlo todo bajo control o, al menos, durante las primeras semanas de enero.

No es algo superficial ni ingenuo. Hacerse propósitos es una forma de esperanza. Es decirnos que queremos vivir y trabajar de otra manera. El problema no está en proponernos cosas nuevas, sino en cómo lo hacemos y desde dónde.

Porque hay propósitos que se cuidan y otros que se abandonan rápido. Algunos se integran en nuestro ADN y otros se quedan atrapados en un documento que nadie vuelve a abrir.

Cuando el propósito no baja a tierra

En lo personal, solemos reconocerlo rápido: queremos movernos más, descansar mejor, desconectar del móvil y leer más o pasar más tiempo con nuestra familia. 

Sin embargo, el ritmo no cambia solo porque lo escribamos en una libreta o hagamos un vision board bonito. Si no revisamos horarios, límites y prioridades, el propósito se diluye.

En los equipos pasa algo parecido. A principio de año hablamos de mejorar la comunicación, de coordinarnos mejor, de cuidarnos más. Pero, si no cambiamos las conversaciones, las formas de decidir o la manera en que repartimos responsabilidades, el día a día acaba imponiéndose.

No es falta de compromiso. Es falta de estructura, de tiempo de calidad y de espacios para sostener lo que queremos que sea diferente.

Los propósitos que sí se cumplen

Los propósitos que sobreviven a enero tienen algo en común: se convierten en hábitos y acuerdos, no en deseos abstractos. No viven solo en la cabeza de una persona, sino en prácticas compartidas por todo el equipo.

Un propósito no es “comunicarnos mejor”, sino acordar cómo pedimos las cosas, cómo cerramos compromisos o cómo revisamos lo que no ha funcionado. No es “cuidarnos más”, sino decidir qué no vamos a normalizar este año: reuniones eternas, urgencias constantes o tensiones que no se abordan.

Cuando un propósito se concreta, deja de ser motivacional y empieza a ser organizativo.

Y ahora, pregúntate

Te proponemos parar un momento y hacerte —hacerle a tu equipo— algunas preguntas sencillas, pero incómodas:

  • ¿Qué propósito del año pasado seguimos arrastrando sin haberlo revisado?
  • ¿Qué estamos repitiendo “porque siempre se ha hecho así” aunque ya no nos sirva?
  • ¿Qué conversaciones estamos evitando en nombre de la “armonía del equipo”?
  • ¿Quién está pagando el precio real de que todo siga igual?
  • ¿Qué hábito mantenemos porque nos da control, aunque esté agotando al resto?
  • ¿Estamos hablando de cuidado mientras normalizamos el desgaste?
  • ¿Qué cambiaría mañana si dejáramos de confundir compromiso con aguante?
  • ¿Qué necesitamos dejar de hacer para poder sostener lo que queremos empezar?

No se trata de hacer más, sino de elegir mejor.

Del propósito individual al compromiso colectivo

En CAIS creemos que los propósitos que transforman no son los que se anuncian a principios de enero, sino los que se sostienen en el tiempo gracias a acuerdos claros, liderazgos conscientes y equipos que se escuchan.

El inicio de 2026 puede ser una oportunidad para pasar de la intención al compromiso. Para revisar no solo qué queremos lograr, sino cómo queremos trabajar juntas mientras lo hacemos.

Porque cuando los propósitos se comparten, se entrenan y se revisan, dejan de ser promesas de Año Nuevo para formar parte de nuestra cultura organizativa.

Y eso, a diferencia de los propósitos que se eternizan año tras año, sí es realista.

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Consorcio Andaluz de Impulso Social, Pilar Lopez 7 de enero de 2026
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